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Eduardo Díscoli: de a caballo por el mundo

imagen Eduardo Díscoli: de a caballo por el mundo

Eduardo Díscoli es un jinete de los pagos de Santa Lucía, que decidió emprender una ardua travesía a través de distintos lugares del mundo, nada menos que de a caballo, como lo hiciera el suizo Aimé Tschiffely en 1925.

 

Su aventura comenzó el 28 de Julio de 2001, cuando partió desde la ciudad de Buenos Aires con sus tres caballos criollos: El Chajá, El Chalchalero y Niño Bien, atravesando nuestro país dispuesto a surcar toda América hasta EE.UU, donde le fue obsequiado un caballo de raza Mustang, bautizado “Jerónimo”. Desde allí cruzaría el Atlántico en avión para arribar en Amsterdam, e iniciar su recorrido por Europa. Ha estado ya en Bélgica, Francia, España, Portugal, Andorra, Mónaco, Italia y San Marino. Y su aventura continúa.

En todos los países que visita es muy bien recibido por la gente, las autoridades del lugar, amigos ya conocidos y otros nuevos, argentinos que viven en el extranjero y curiosos en general. Va coleccionando banderas de los distintos estados –tiene, hasta ahora, 171-. “La bandera argentina que porto sobre mis hombros durante la travesía, provoca entre los argentinos emigrados, reacciones muy fuertes, algunos se emocionan hasta las lágrimas, y otros con la piel erizada, rompen en llanto…” (1), cuenta el jinete aventurero.

El 24 de Mayo de 2007 llegó con sus tres pingos al Vaticano y pudo inclusive saludar al Papa, Benedicto XVI, quien le obsequió varios rosarios bendecidos.

Cabe destacar que "El Chalchalero" cumplió al llegar a Roma 28.300 km recorridos, lo cual constituye un record mundial en distancia recorrida por un caballo.

Eduardo Díscoli nació en Buenos Aires y se dedicó a la producción agropecuaria en Santa Lucia (Pcia. de Bs.As.) donde se radicó para ocuparse del campo “Rancho el Chaja” en 1978. Su familia es propietaria del establecimiento desde 1942.

Allí estuvo abocado a la siembra de cereales y oleaginosas y a la cría de caballos para polo y cría de porcinos. Antes, mientras vivía en la ciudad, cursó Derecho en la Universidad de Buenos Aires, ejerció como Procurador Judicial y Oficial de Justicia en San Isidro y como Perito Judicial en los tribunales de Capital Federal. Está matriculado como Martillero Público Nacional y Provincial Colegiado en San Isidro.

Su último reporte hasta el momento, data del 29 de julio. En él relata su paso por Eslovenia. Antes estuvo en Venecia, donde no permiten entrar a la ciudad con caballos, ni autos ni bicicletas: “tuve que dejar los caballos en un puente custodiado por la policía y tomar una barca para arribar y pisarla en honor a Marco Polo” (2), dice Díscoli en su diario de viaje.
A Mónaco tuvo que cruzarlo, literalmente, al galope: fue escoltado por la policía, pues tampoco permiten la entrada de caballos, y los suyos fueron los únicos en cruzar el pequeño estado en varias decenas de años, gracias a una gestión realizada pertinentemente en la Embajada de Francia.

Quien así lo desee, puede seguir su derrotero, desde la página web http://www.deacaballoalmundo.com.ar

El pionero, Aimé Tschiffely

Según el estadounidense CuChullaine O'Reilly, viajero de acaballo, periodista y escritor, “cuando John Labouchere recorrió 8.000 km. a través de los Andes, dijo haber sido inspirado por un hombre. Cuando Tim Severin fue desde Paris hasta Jerusalén en un viaje de dos años, habló del mismo explorador ecuestre como su héroe” (3). Cuando él mismo recorrió más de 1.600 km. a través de las montañas Karakoram de Pakistán, también le dio las gracias silenciosamente.

Lo mismo hicieron Margarita Leigh, atravesando Inglaterra a lo largo de toda su extensión; Robin Hanbury-Tenison, viajando a lo largo de la Gran Muralla China; Jacqui Knight, recorriendo Nueva Zelanda, y Louis Bruhnke, dirigiéndose desde la Patagonia hasta Alaska. Todos estos valerosos viajeros fueron inspirados al parecer por una misma persona: el suizo Aimé-Félix Tschiffely.

Conocedor de los secretos ecuestres, Aimé tenía 29 años cuando ideó la temeraria travesía de unir, de a caballo, el continente Americano, partiendo desde Buenos Aires. Para ello, sabía que la raza indicada era la de los caballos criollos. De alguna manera se propuso demostrar que el caballo criollo era el más resistente entre todos los caballos.

Por entonces, Tschiffely escribió: “los caballos Criollos son descendientes de algunos caballos llevados a Argentina hacia 1535 por Don Pedro de Mendoza, el fundador de la ciudad de Buenos Aires. Estos animales pertenecían a la mejor raza de caballos españoles, famosos en esa época gracias al considerable aporte de sangre Barba y Árabe que corría por sus venas. La historia y la tradición confirman que son los mejores caballos en América” (4).

En su relato, O'Reilly destaca que “cuando Buenos Aires fue saqueada por los Indios y sus habitantes masacrados, los descendientes de esos caballos españoles fueron abandonados para errar por el país desolado. Vivieron y se multiplicaron durante cientos de años siguiendo las leyes de la naturaleza. Cazados por los Indios y por las fieras, aprendieron a sobrevivir en la aridez del terreno y en un clima difícil que les permitió sobrevivir solamente a los más robustos” (5).

Tschiffel se puso en contacto con Emilio Solanet, criador y propulsor del reconocimiento de la raza. Este hombre le ayudó a preparar el famoso itinerario que a la mayoría le pareció una tremenda locura: recordemos que en esa época no había caminos en la mayor parte del trayecto, y los existentes no eran como hoy conocemos los caminos “transitables”.

Las carpas eran muy pesadas como para transportarse de a caballo y en semejante recorrido, por lo que el suizo optó por resignarse a llevar una. Las temperaturas por afrontar serían en algunos tramos cercanas a los 18º bajo cero y en otros rondarían los 52º a la sombra. Durante kilómetros no habría agua ni forraje ni nada.

Solanet le regaló a Tschiffely dos caballos criollos que serían célebres: Mancha y Gato. Tenían 15 y 16 años, respectivamente, y provenían de la Patagonia, donde fueron criados por la tribu Liempichun. Le fueron comprados al cacique tehuelche Liempichín en Chubut.

Estos caballos estaban acostumbrados a geografías y climas hostiles y eran de carácter bravo, por lo que fueron necesarias varias semanas de preparación junto al jinete. El 24 de abril de 1925 se inició la más famosa travesía ecuestre del siglo XX.

La extraordinaria relación entre ellos se forjó a fuerza de peripecias, esfuerzos y aventuras compartidas: “Mis dos caballos me querían tanto que nunca debí atarlos, y hasta cuando dormía en alguna choza solitaria, sencillamente los dejaba sueltos, seguro de que nunca se alejarían más de algunos metros y de que me aguardarían en la puerta a la mañana siguiente, cuando me saludaban con un cordial relincho” (6), comentaría Tschiffely a su regreso.

La editorial del diario La Nación correspondiente al 23 de septiembre de 1928, anunciaba la conclusión de la hazaña: luego de más de tres años y cinco meses, 20 países y haber estado sometidos a las más duras condiciones, Aimé montado en Mancha (Gato tuvo que quedarse en la Ciudad de México tras haber sido lastimado por la patada de una mula), llegaban a la Quinta Avenida de Nueva York.

El intrépido viajero y sus caballos recorrieron los 21.500 Km (4300 leguas) que separan a la ciudad de Buenos Aires de Nueva York y conquistaron el récord mundial de distancia y altura, al alcanzar 5.900 m. (s. n. m.) en el paso El Cóndor, entre Potosí y Chaliapata (Bolivia). El viaje se completó en 504 etapas con un promedio de 46,2 Km. por día.

Cuentan que años más tarde, Aimé regresó a la Argentina y se dirigió a la Estancia "El Cardal", donde estaban sus queridos compañeros de viaje. Al llegar a la entrada lanzó un silbido, mediante el cual no es difícil adivinar quiénes vinieron a su encuentro: Gato y Mancha se acercaron al trote. Nunca olvidaron a su dueño.

Fueron cuidados allí hasta su muerte, por el paisano Juan Dindart. Mancha murió en 1947 a los 40 años y Gato en 1944, a los 36. Hoy se encuentran embalsamados, en el Museo de Luján, Dr. Emilio Udaondo.

El suizo aventurero continuó viajando pero siempre volvió a nuestro país. Falleció en 1954, a los 63 años. Sus restos se hallan en el campo que su amigo Solanet tenía en Ayacucho. Su vida y proezas están compiladas en el libro “Tschiffely's Ride”. En su honor, el Senado de la Nación Argentina y la Cámara de Diputados, designaron al 20 de septiembre como el "Día Nacional del Caballo".

Fuentes consultadas

(1), (2) http://www.deacaballoalmundo.com.ar
(3), (4), (5) CuChullaine O'Reilly http://www.justacriollo.com/pages_es/decouvertes_es/tschiffely_es.htm
(6) http://www.masdecaballos.com/foro/messageview.cfm?catid=2&threadid=415

 



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