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San Pedro - Historia


Bailes y Carnavales de antaño

Imagen de Bailes y Carnavales de antaño

Los bailes públicos de antaño gozaron de gran predicamento entre la población, no solo por su carácter festivo sino porque constituían algunos de los pocos acontecimientos que permitían las reuniones de jóvenes y el inicio de alguna relación que podía terminar en el altar. Eran de gran importancia para la sociedad, que veía en estos eventos uno de los pilares de lo que respecta a socializacion de sus habitantes.

Los clubes Artesanos, Unión y Juventud Unida deben su nacimiento precisamente al deseo de aquella sociedad por contar con lugares recreativos que posibilitaran la realización de encuentros sociales. A estos clubes sociales debemos agregar algunos salones particulares como el ubicado en la calle Boulevard Moreno propiedad del señor Forastieri, donde actuaban los conjuntos Los Argentinos y Los Artesanos; o el que el señor Schneider poseía en un lugar que no se ha podido determinar y en el que la sociedad filarmónica “La Lira” era la encargada de animar los bailes.

La sociedad coral y musical “La Lira” era un conjunto formado por jóvenes músicos que con sus guitarras, flautas o mandolinas y bajo la dirección de Delfín Geli le robaban horas a su descanso para realizar los ensayos y poder así animar algunas reuniones en los salones de bailes.

Se distinguían por su vestimenta uniforme de color negro con sombrero a semejanza de algunas guardias militares con un plumón blanco en su frente.

La sociedad coral “Los Argentinos” en cambio contrastaba con aquella por su pantalón, camisa y gorra blanca al igual que sus zapatillas, no así las medias que eran negras y que sujetaban los pantalones simulando ser botas.

Algunas agrupaciones como “La Unión Sampedrina” y “Juventud Unida” que carecían de local realizaban sus bailes alternativamente en algunos de los salones que hemos mencionado o acordaban en determinadas circunstancias una temporada con la sociedad italiana e cuyo salón en forma alternada animaban sus bailes.

Por su parte el Club Unido mantenía una tradición que venía de los tiempos de su fundación realizando bailes en las vísperas de las festividades patrias y a cuyo realce contribuían las autoridades locales que realizaban aportes para tal fin encargándose además de efectuar las invitaciones oficiales; actuaba en estos casos un sexteto dirigido por el profesor Rafael Matas.

En algunas oportunidades los bailes de disfraz y fantasía solían realizarse en el salón del Palacio Municipal encargándose una Comisión Especial de fiestas de efectuar las invitaciones para concurrir al mismo, pero en la mayoría de los casos se realizaban en el salón del Club Unido.

Para concurrir a estos eventos los caballeros debían abonar entrada, en cambio las señoras y señoritas como en los demás locales entraban gratis.

La iluminación eléctrica fue una novedad importante en los bailes de carnaval de principios de siglo, los cuales adquirieron otra categoría con este avance tecnológico.

En cuanto a los corsos, estos tenían una etapa preliminar en la que las autoridades designaban una comisión encargada de la organización de las fiestas carnavalescas, que comprendían no solo la autorización de los bailes sino resolver que calles serías las afectadas para la realización de los corsos; generalmente se inclinaban por aquella cuyos comerciantes más contribuían con sus aportes en dinero a la realización de los mismos.

La rivalidad por sobresalir con estos eventos se daba entre los comerciantes de la calle Comercio y Mitre. Cuando se realizaba por esta última el mismo salía desde la calle Obligado a Fray Cayetano Rodríguez; en algunas oportunidades resultó pequeño para contener el inmenso número de vehículos, más de 150 según los comentaristas de la época, por lo que debió prolongarse hasta la 9 de Julio dando la vuelta completa a la plaza hasta llegar a Comercio y Defensa, es decir que el recorrido del corso se extendía en 5 cuadras.

El espectáculo continuaba hasta casi las 11 de la noche en que una bomba de estruendo marcaba la hora de clausura del corso y el comienzo del juego con baldes y bombas provocando un gran desbande entre las concurrentes femeninas, no faltando algún incauto que recibiera alguna ducha impensada.

Para evitar inconvenientes, los mayores siempre ayudaban desde el día anterior a su inicio a desocupar las salas, descolgando los retratos del papá y la mamá y de algún hermano difunto, al igual que las mesas y sillas para ubicarlas en el interior de alguna habitación contigua, dejando la pieza limpia para ubicar junto a la ventana que daba a la calle las tinas con agua, los baldes y los jarros a la espera de la tan ansiada tarde de carnaval.

Ese día las bellas niñas y los mozos de la vecindad acudían a una verdadera lucha sin cuartel, buscando el refresco que tarde o temprano llegaba, hasta que la mamá o alguna tía enojada que nunca faltaba, ponía orden echando a los imprudentes y trancando la puerta de calle.

Así eran los carnavales hacia finales del siglo XIX y comienzos del XX, según crónicas de la época, en los cuales luego de pasado el momento de alegría y esa especie de lucha acuática, comenzaban los aprontes para el baile de la noche.

Los excesos cometidos por aquellos que hacían de esa fiesta un vale todo que obligó a las autoridades municipales a distar algunas ordenanzas para reglamentar los juegos de carnaval entre las 12 del día y después de entrado el sol.

Según estas medidas se prohibía dentro del perímetro establecido por las calles 11 de Septiembre, 3 de Febrero y América, “hacer uso de harinas, polvos, cáscaras de huevos u otros objetos que puedan manchar los vestidos o dañar a las personas”.

Tales medidas reglamentaban también el desfile de los carruajes y los disfraces, estableciendo las multas correspondientes a los infractores.

Establecían también la reglamentación a que debían sujetarse las casas de bailes públicos que no podían establecerse a menos de 3 cuadras del templo o de las casas de educación, como así también la prohibición de venta de bebidas alcohólicas. La misma englobaba también a los espectáculos públicos, prohibiendo su realización a puertas cerradas o “aquellos notoriamente inmorales u obscenos”.

Los jóvenes que hoy se enojan contra las limitaciones, podrán apreciar que en todas las épocas se dieron estas, para poner freno felizmente, a los excesos y abusos de aquellos que no reconocen ningún tipo de ordenamiento o respeto.

 

Fuente: "Historia Documental de San Pedro", Tomo III "Del pueblo a la ciudad" 1854-1907

Américo R. Piccagli, Ed. Rafael de Armas y Asociados

 

 

 



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